¿Has visto un muerto?

Marta Sandoval msandoval@elperiodico.com.gt

“La sangre le salía por aquí”, explica María, mientras se toca la yugular, “sí, cuando les dan ahí sale la sangre como en chorrito”, interrumpe Daniela, y los demás asienten con la cabeza, casi todos saben cómo sale la sangre por un agujero de bala, cómo se va derramando la vida poco a poco, hasta extinguirse. Lo saben porque lo han visto y no en la televisión.

“Cuando les puyan la panza luego se les mancha toda la ropa, yo una vez vi uno que llevaba una camisa blanca y en un ratito ya era roja”, comenta Carlos mientras lanza una pelota contra el suelo. La conversación tiene lugar en un aula de 5to. primaria de la escuela Niñas Guías de Noruega, en Mixco, y quienes conversan no tienen más de 11 años. Son niños.

Niños que viven demasiado cerca de la muerte, que ya saben a qué huele, y a quienes ya no se les eriza la piel cuando, en su paso hacia clases, encuentran un corro de gente viendo un cadáver. Lejos de asustarse, se abren paso entre los curiosos, y descubren un espectáculo que otros niños sólo verían en el cine.
Visité varias escuelas en áreas rojas para preguntarles a los niños qué sentían ante la violencia. Antes de cuestionarlos, les aseguré que no pretendía investigar ningún crimen y que no debían decirme si conocían a los victimarios, que mi intención no era hallar culpables, sino saber cómo crecían los niños en la Guatemala del año 2010. De 170 niños cuestionados 134 dijeron que sí, que habían visto un muerto y no sólo uno, varios, y lo que asusta más: habían presenciado sus muertes. En las escuelas primarias de la colonia Carolingia, el Milagro y la aldea Sacoj, casi todos los alumnos tienen una historia de violencia qué contar.
¿Qué pasa con estos niños?, ¿cuáles son los daños psicológicos que sufren?, ¿qué va a pasar con ellos en el futuro?
“La exposición a la violencia, por el medio que sea, tiene un impacto en salud mental y en la conducta de las personas en general, pero particularmente en los niños”, explica Marco Garavito, de la Liga por la Higiene Mental. “Ese es un hecho que no necesita investigarse, está suficientemente evidenciado”.
“En la medida en que uno se acostumbra a la violencia, la reproduce. Llegan a considerar que es algo normal, algo natural. Es tan común que se va entendiendo que es parte de la naturaleza humana y de la vida y entonces hay un proceso de reproducción de la violencia. Creo que eso queda completamente claro al ver cómo el ejercicio de la violencia se ha multiplicado en este país. Y atrás de ese acostumbrarse se va gestando un proceso de deshumanización”, comenta Garavito. En marzo de 2009, un grupo de menores recluidos en el correccional Los gorriones, asesinó a su profesor de inglés. Le arrancaron el corazón y después bailaron. Es evidente que estaban completamente deshumanizados.

Tras la cinta amarilla

Han asesinado a un taxista. Su cuerpo quedó tendido en la calle a unos pasos de su vehículo. La Policía ya acordonó la zona con una cinta amarilla que dice “escena del crimen”. La gente se agrupa alrededor, la detiene ese pedazo de plástico, pero hay dos niños pequeños que pasan perfectamente por debajo, la cinta no les impide acercarse. Y no dudan en entrar y agacharse para ver bajo la lona que le lanzaron con descuido al cuerpo. La escena es “normal”, siempre que hay un muerto hay niños curiosos cerca.
Les pregunté a los niños qué hacían cuando veían que había un muerto en la calle. La mayoría, 129 niños, dijo que se acercaban a verlo. ¿Por qué se acercan?, cuestioné, y una niña saltó a darme la respuesta: “para ver que no sea mi papá”.

Los demás estuvieron de acuerdo, su principal intención es cerciorarse de que el fallecido no sea uno de sus padres o sus hermanos. Porque ellos ya saben que el próximo puede ser cualquiera, incluyendo a las personas que más aman.
“Llega la Policía y pone el cordón amarillo para proteger la escena de crimen, pero no para proteger al ciudadano”, lamenta Garavito. “El cordón lo ponen a metro y medio del cadáver, ¿por qué no a 30 metros?, porque no tienen la concepción de proteger a las personas. Hay mecanismos tan simples que se pueden usar para no verse tan expuesto al tema de la violencia”, agrega. En Londres, por ejemplo, la Policía clausura la cuadra entera donde se cometió el crimen, de modo que nadie, por más que alargue el cuello, podrá ver el cadáver. Sólo pasan los familiares o los detectives. ¿Se hace tráfico? Sí, seguro, pero nadie va a sufrir un trauma  por pasar unas horas en un atolladero de carros. Por ver un cadáver, puede que sí.
“Los patojos que están tras el cordón amarillo viendo el muerto, se han deshumanizado y eso va a traerles consecuencias”, explica Garavito.
Una de las maestras suelta en llanto mientras habla del miedo con que viven sus alumnos. Está preocupada porque teme que los pequeños que hoy están en su clase, mañana le pidan la extorsión. “¿Qué vamos a hacer para salvar a nuestros niños?”, pregunta mientras busca en su bolsillo un pañuelo, ¿qué vamos a hacer? Repite y no encuentra la respuesta.
“Hay que entender que el fenómeno de la violencia sólo se va resolver generacionalmente”, piensa Garavito. “Aquí no es porque venga un político que diga que en cien días acabó la violencia, o el 14 a las 14. Hay que tener la concepción de que el tema es generacional y hay que hacer una gran inversión en las nuevas generaciones porque es ahí donde se puede romper el ciclo”. La Liga Guatemalteca de Higiene Mental ha desarrollado varias campañas con niños para sensibilizarlos ante la violencia. Bajo el lema “nadie nace violento” les han hecho ver a los menores que la violencia es una elección y no una obligación.
Cuando se les pregunta a los niños si la violencia es normal, la clase de quinto primaria responde a coro que sí. “Es normal porque pasa todos los días”, dicen un niño y ninguno de sus compañeros les objeta. Se quedan un rato en silencio hasta que una niña, tímida al final del salón levanta la mano. Le cuesta hablar y evade las miradas de sus compañeros, por fin suelta: “que sea normal no quiere decir que sea bueno”. Un profundo silencio invade la clase, se han quedado pensándolo.
Pero no sólo los niños que viven en zona roja están en riesgo. “Todos los niños en nuestro país están expuestos a vivir la violencia” comenta Sara Pereira, psicóloga especialista en niños, “desde los medios de comunicación que lo muestran, hasta los comentarios que escuchan en su círculo, que si a alguien le robaron el celular, que si mataron a alguien. Eso hace que el efecto traumático aumente en nuestra población. Yo he recibido muchos casos de niños con efectos traumáticos porque a sus papás los han asaltado o porque algún familiar ha sido afectado. El niño puede llegar a sentir mucha ansiedad y mucha angustia al percibir que la violencia se puede acercar a su familia. Eso va generando muchísimos temores y puede presentar síntomas como pesadillas, bajo rendimiento escolar o decaimiento”. Pereira recuerda un caso que atendió, un pequeño que presenció cómo en un semáforo un hombre en moto le ponía una pistola en la sien a su padre. El asaltante se fue luego de que le entregaran el teléfono celular, pero el niño no pudo dormir bien por mucho tiempo. Apenas se recuperaba cuando asesinaron a un hombre en el centro comercial donde paseaba con su familia.

La familia, único escape

Como la abuela estaba de visita en casa decidieron ir a comprar un pastel. Lady se emocionó con la idea, buscó un suéter y salió acompañada de su tía, su abuela y su hermano menor, rumbo a la pastelería. Compraron un pastel de chocolate y volvieron a casa contando chistes.
De regreso vieron a un hombre bebiendo atol, estaba sentado en la acera, con la espalda recostada en la pared y las piernas extendidas, impidiéndoles el paso. “Debe estar bolo”, les dijo la abuela y decidieron pasar por delante. Fue justo en ese instante cuando una moto aceleró, no la vieron venir, sólo sintieron el sonido de las balas taladrando sus oídos. La abuela le dio un empujón a Lady que rodó calle abajo, y la tía se lanzó encima del niño. Fueron segundos de confusión, el hombre que estaba tomando el atol terminó baleado. La abuela tenía sangre en el brazo, y la tía en un hombro. Las habían rozado las balas. Cuando Lady se levantó, vio el pastel de chocolate destrozado en el pavimento. Su abuela le gritó que levantara a su hermano y corriera a casa. Llegó empapada en llanto a pedirle a su papá que llamara una ambulancia.

No entendía cómo un momento de alegría con la familia terminó tan mal.
Desde entonces Lady no puede dormir bien. Se despierta por las noches y siente su cabeza hervir. Despierta a su madre y le dice que tiene miedo, la mamá sólo la abraza, es lo único que puede hacer. A sus nueve años Lady tiene miedo de salir de casa, de que su mamá salga y de que su padre vaya a trabajar. Su abuela y su tía están bien, fue un susto, pero Lady no deja de pensar en que estuvieron muy cerca de la muerte.
“Los niños en Guatemala perciben la muerte como un evento traumático que depende de otros, que no depende ni de la naturaleza ni de la vida, sino de otros”, explica el psiquiatra Rodolfo Kepfer. “Eso crea una cultura de tanatofobia, que maneja una fobia a la muerte. Se crea la idea de que la muerte está por todos lados, pero que yo también la puedo contrarrestar con medios violentos. Primero lo hacen por medio de la fantasía o de los juegos violentos. Pero un infante de 7 u 8 años, que empieza a despertar tendencias agresivas, las experimenta como algo que sólo puede manejarse con la muerte”, agrega.
Muchos de los niños entrevistados contaron que la muerte les daba miedo, que oír disparos les producía terror. Y ese miedo se puede contrarrestar al sentir que son ellos quienes deciden quién muere, el miedo también se puede enfrentar empuñando una pistola y ese es un riesgo muy grande para la sociedad. Garavito recuerda a una madre confesarle que fue ella misma la que aconsejó a su hijo para que se metiera en una mara, el miedo de que lo mataran la impulsó a hacerlo. “Yo no lo podía encerrar bajo llave y si no se metía a la mara me lo iban a matar”, se justificó.
Lady estudia en una escuela de la colonia El Milagro y no es la única de su clase que sufrió un evento traumático antes de cumplir los diez años. “Yo no tengo miedo cuando miro un muerto porque ya he visto muchos”, dice uno de sus compañeros, “yo una vez vi un descuartizado” dice otro de los alumnos y los demás se ríen; él se lo toma a la ligera.
“Los primeros muertos o hechos de violencia le van a impactar, pero uno no puede vivir permanentemente impactado porque se enfermaría, por eso se crea un mecanismo de defensa que es el acostumbramiento”, explica Garavito. “Hay una anestesia emocional, nos acostumbramos a vivir en esa situación de violencia donde ya no nos afectan muchas cosas que pasan. Los niños también se van acostumbrando y es peligroso que crean que eso es normal. Por eso es importante hacerle ver a nuestros hijos que esto no es normal, que no es sano y que va en contra de la naturaleza humana”, aconseja Sara Pereira.
En la escuela Niñas Guías de Noruega, muchos de los alumnos recuerdan un trágico día de feria. Uno de ellos, un pequeño morenito y regordete relata que estaba arriba de la noria y desde allí logró ver todo lo que pasaba, como lo hubiera visto un pájaro. Tres sujetos entraron con la pistola en la mano y dieron con el hombre que buscaban. La víctima llevaba a uno de sus hijos en brazos y cuando los vio sólo atinó a lanzar lejos al pequeño, para que no recibiera las balas. Abajo estaba Laura con sus papás, haciendo cola para subir a los carros chocones; cuando sonó la primera bala la mamá empujó a Laura bajo una tarima y desde allí lo vieron todo. Los demás niños cuentan que llegaron cuando ya el hombre estaba en el suelo, justo para ver a los hijos y a la esposa ahogarse en llanto.
En las demás escuelas sucede más o menos lo mismo. Niños que se aglutinan a describir cómo quedó un cadáver, o los balazos que sonaron anoche. Me acompaña la supervisora del Ministerio de Educación, y me advierte que llegaremos a Sacoj Chiquito, una aldea en jurisdicción de Mixco, “aquí es lo más duro, lo más violento”, confiesa, me cuentan que en lo que va del año ya han asesinado a tres de los alumnos, uno de ellos de tercero primaria.
Llegamos a una escuela ubicada en una pequeña colina. Personajes de Disney decoran las paredes y una cancha de baloncesto sirve también como patio de recreo. Subimos al aula de cuarto primaria, donde uno de los pupitres está vacío:

hace 20 días mataron al alumno que lo ocupaba. Los niños están tranquilos, leyendo en perfecto orden. Les explico quién soy y por qué estoy allí y luego lanzo la pregunta. ¿Alguna vez han visto un muerto? No responden. Nadie quiere hablar.
“A más violencia más inhibición. A más violencia más angustia interiorizada. A más violencia más shock y silencio”, dice Kepfer. “Lo que no se habla se vuelve síntoma”, comenta Garavito.
¿Cómo va a sobrevivir una sociedad si sus niños están totalmente expuestos a la violencia? “En lugares donde ha habido guerras, bombardeos y gran cantidad de muertos, no podemos decir que a lo largo de los años no han progresado. Han generado mecanismos para hacerlo”, explica Kepfer. “En Inglaterra durante la guerra se demostró que los niños que estaban con sus familias soportaban mejor los traumatismos y se enfermaban menos, mientras que los que eran separados se enfermaban más emocionalmente”.
“Un niño que tenga una familia unida y con valores va a replicar mucho menos la violencia que vea afuera”, comenta Pereira. “Si el niño crece en una familia donde no lo cuidan y no lo respetan, donde hay violencia, o donde los hijos crecen solos a merced de los amigos, obviamente están en alto riesgo de caer en conductas delincuenciales”.
La única salida es la familia. Si la familia no comparte los esquemas de violencia habrá esperanza, pero si los hermanos o los padres también delinquen, el riesgo es demasiado alto. “Los niños aprenden los valores en la casa y es allí donde deben aprender el respeto por la vida. La violencia que ven fuera podría ser una fuente de aprendizaje para los hijos, si los papás lo aprovechan para mostrarles que esas son cosas que están fuera de los valores de su familia”, comenta Pereira.
“Lo que determina a una sociedad, el pronóstico de estabilidad o de perjuicio, va a ser cómo la sociedad va restituyendo los duelos, los va reparando. Lamentablemente aquí ya tenemos una mala experiencia. De la firma de la paz para acá no hemos superado el duelo, no lo hemos enfrentado”, opina Kepfer.
A Lady le da mucho miedo que la próxima vez que haya una balacera su abuela se muera, o que un hombre apuñale a su padre para hacerse con su celular. Pero tiene que ser fuerte y aguantar. Tratar de no pensar en eso y levantarse por la mañana para ir a la escuela contenta, eso sí, nunca se olvida de vigilar bien el camino, de cerciorarse de que nadie la sigue, de que no haya motos cerca, de que los mareros no estén en la calle. Cuando llega a clases ya está exhausta.

Demasiadas tribulaciones para una niña de nueve años. La pregunta de la maestra me ronda por la cabeza sin parar, “¿qué vamos a hacer para salvar a nuestros niños?”.

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Comercio de armas, un derecho al revés

Hubo un tiempo en el que las armas de fuego en poder de la población norteamericana fueron una necesidad; las circunstancias crearon el derecho y ambos dieron lugar a un negocio que lucra con un anacronismo y conduce a la paradoja de que las escopetas, revólveres y pistolas en manos de los estadounidenses ya no son parte de la solución sino de un problema que, favorecido por el TLC ha sido exportado a México.

Debido a la vigencia de fuerzas que se benefician con un multimillonario negocio, cada vez que es promovido el debate en torno a las armas a las que comercialmente, con requisitos mínimos y virtualmente sin control, tiene acceso la población norteamericana, se invoca un derecho consagrado por la Constitución que ejerce un efecto automático y paralizante. Lo extraño es que en un país de leyes, no se examine el asunto y se profundice a la luz de la contextualización del derecho.
Las leyes y las constituciones en el estado de derecho se asumen como lo que son: creaciones humanas concebidas para dar respuesta a situaciones concretas. Los legisladores no redactan sagradas escrituras, sino leyes y constituciones que son aplicadas con la certeza de que el paso del tiempo y los cambios que el progreso supone, plantearan nuevas necesidades en virtud de las cuales unas leyes caerán en desuso, otras serán enmendadas y hará falta nuevas.
La Constitución Norteamericana entró en vigor en 1790 y menos de un año después, para reparar una colosal omisión, se le introdujeron, en bloque, de una vez, las diez primeras enmiendas, conocidas como: Declaración de Derechos. La Segunda de aquellas enmiendas sostiene que: “Siendo necesaria para la seguridad de un Estado libre una milicia bien organizada, no se coartará el derecho del pueblo a tener y portar armas. Aquella Constitución, la primera y la única que se ha mantenido vigente a lo largo de más doscientos años, fue resultado de circunstancias históricas que explican su contenido.
La fundación del Estado norteamericano fue resultado de un esfuerzo unitario que, mediante la revolución y la negociación, conducidas por una esclarecida vanguardia política, logró integrar las 13 colonias existentes en una Nación. Aquellos enclaves, cada uno de los cuales pudo haber sido un país y que existían, en algunos casos desde hacía más de 150 años atrás, se forjaron a partir de pequeños grupos de colonos que, durante décadas, vivieron aislados los unos de los otros.
A diferencia de lo ocurrido en Hispanoamérica, la colonización en América del Norte, no estuvo respaldada por la presencia de ejércitos de ocupación ni por grandes presupuestos para construir castillos y fortalezas. Los colonos norteamericanos, fueron puñados de hombres y mujeres desperdigados en millones de kilómetros de suelo virgen que, aislados y en condiciones de precariedad extrema fueron sumamente vulnerables.
Cuando Estados Unidos no poseía ejército, policía ni tribunales y el gobierno no estaba en condiciones de proveer la seguridad de los ciudadanos en tan vastos, inhóspitos y hostiles territorios, era lógico que la Constitución de la Nación, consagrara el derecho de sus ciudadanos a poseer y utilizar armas de fuego. Aunque parece ocioso es preciso recordar que las armas del siglo XVIII eran incomparablemente menos letales que las existentes en la actualidad.
La rápida anexión de nuevos territorios, algunos de ellos violentamente arrebatados a los indios y a México, especialmente la Conquista del Oeste fueron procesos excepcionalmente violentos en los cuales, junto a los laboriosos colonos, prosperaron las pandillas de ladrones de ganado, tierras y asaltantes de caminos, de los cuales era preciso defenderse.
Por unas y otras razones, el país se convirtió en un paraíso para los fabricantes y comerciantes de armas que, con el tiempo devinieron formidables grupos de presión, que movilizan inmensos recursos en la labor de lobby destinada a impedir legislaciones que regulen o limiten la libertad de poseer y vender armas. Entre ellas la más poderosa es la Asociación Nacional del Rifle (NRA) fundada en Nueva York en 1871 y que posee casi cinco millones de asociados.
La Asociación Nacional del Rifle, que hasta hace poco fue el organismo rector de los deportes con armas de fuego en los Estados Unidos, dedica importantes recursos a la promoción de las armas, cuenta con programas de radio, espacios en televisión y sitios en Internet, organiza cursos para todas las edades con especial énfasis en los niños, jóvenes y mujeres, promueve competencias locales y nacionales y respalda a las agencias privadas de seguridad.
No sólo por su solvencia económica, sino por la relevancia de sus asociados la NRA es la más influyente de las organizaciones norteamericanas de cabildeo con especial impacto en el Congreso y la Casa Blanca.
A la luz de la comprensión científica del Derecho y del sentido común es absurdo que, dos siglos después, cuando han desaparecido las causas y condiciones que dieron lugar a la norma constitucional que protege la tenencia de armas de fuego, todavía se le invoque y se le manipule para sostener un negocio que, en lugar de contribuir a la seguridad ciudadana atenta contra ella.
Amparándose en un precepto ostensiblemente anacrónico superado por el tiempo y por las circunstancias, en Estados Unidos se mantienen prácticas excesivamente liberales para la tenencia y el uso de armas de fuego, que permiten el lucrativo negocio de las armas.
Amparados en esas reglas, legitimas en épocas de Búfalo Bill, Wyatt Earp y Jesse James, no sólo millones de ciudadanos poseen armas de fuego, sino que también acceden a ellas todo el espectro de asesinos y delincuentes, narcotraficantes, tratantes de blancas y a contrabandistas que en calidad de mayoristas, las exportan a México donde fomentan el crimen, paradójicamente protegidos por la más antigua y avanzada de las constituciones liberales.

A pesar de sus meritos, la Constitución de Estados Unidos, que ha estado vigente por más doscientos años, ha sido enmendada en 27 oportunidades. El hecho de que un precepto haya sido plasmado en la Constitución, no significa que deba ser observado por toda la eternidad. Las leyes y las constituciones son transitorias, lo que es eterno es la justicia y el derecho.

Fuente: http://www.argenpress.info/2010/08/comercio-de-armas-un-derecho-al-reves.html

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Adhesión al Estatuto de Roma

Editorial El Periódico www.elperiodico.com.gt

El 17 de julio de 1998, en Roma, Italia, 120 Estados votaron a favor del estatuto que crea la Corte Penal Internacional (CPI), conocido comúnmente como el Estatuto de Roma. El 11 de abril del 2002, se depositaron más de las 60 ratificaciones de dicho Estatuto necesarias para la entrada en vigor del mismo. Consecuentemente, el 1 de julio del 2002 la comunidad internacional celebró la entrada en vigencia de la CPI.
El 11 de marzo del 2003, fueron juramentados en La Haya, Holanda, los 18 magistrados seleccionados por la Asamblea de Estados Partes (AEP), para integrar la CPI y el 21 de abril del 2003, la AEP eligió al fiscal que habrá de perseguir y acusar penalmente a quienes cometan crímenes de competencia de la CPI.
Los respectivos Estados, al respaldar la creación de la CPI, demostraron la firme decisión de apoyar la lucha contra la impunidad y el castigo de los autores de los crímenes de guerra, genocidio y de lesa humanidad, así como de prevenir la comisión de los delitos más graves que denigran al género humano y, en forma desproporcionada, a las mujeres.
A la fecha, el Estatuto de Roma ha sido firmado por 139 Estados, de los cuales 113 lo han ratificado. En América Latina aún no se han adherido a dicho Estatuto 3 países: El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Los demás ya se adhirieron o ratificaron.
Como se recordará, el ex presidente Alfonso Portillo Cabrera (2000-4) envió el Estatuto de Roma a la Corte de Constitucionalidad (CC), para que esta opinara sobre si el mismo se ajustaba o no a nuestra Constitución. La CC dictaminó en el sentido que ninguna de las normas del Estatuto de Roma era incompatible con la Constitución, por lo que, prácticamente,  dio luz verde para su aprobación por el Congreso. No obstante, el Congreso no lo ha discutido ni aprobado.
De esa cuenta, la sociedad civil debe exigir al Congreso la aprobación del Estatuto de Roma con el propósito de que nuestro país pase a formar parte de la comunidad de naciones que condena y sanciona la comisión de los denominados delitos internacionales (crímenes de guerra, genocidio y de lesa humanidad), y que los autores y cómplices de tales crímenes, en forma subsidiaria, enfrenten la justicia penal internacional y sean juzgados y condenados por la CPI.
La impunidad derivada de la comisión de los delitos internacionales no debe ser tolerada en una sociedad que se jacta de vivir en  democracia.

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Corte pide ratificar el Estatuto de Roma

POR ÓSCAR ISMATUL

Una comisión encabezada por Luis Moreno Ocampo, fiscal de la CPI, se reunió con los jefes de bloques del Legislativo para sugerir que el Estado de Guatemala ratifique aquel instrumento internacional, indispensable para hacer justicia en los crímenes de lesa humanidad.

Si el Congreso atiende la solicitud, en Guatemala se podrían juzgar ese tipo de delitos cometidos a partir del 2002, sin necesidad de recurrir a juzgados nacionales.

“Creemos que es vital que Guatemala se sume a este esfuerzo y puedan ratificar su adhesión a la Corte”, expresó Moreno.

Dado que el Estatuto no tiene efecto retroactivo, la Corte no tendrá facultad para procesar a sospechosos de delitos como genocidio perpetrados antes de la fecha citada.

Guatemala aprobó el Estatuto de Roma mediante firma, en julio de 1998, pero falta que el Congreso lo ratifique.

Se necesita un decreto

Oliverio García Rodas, presidente de la Sala de Legislación y Puntos Constitucionales, aseveró que basta un decreto para ratificar el Estatuto.

“El proyecto de ley se encuentra con dictamen favorable en la Comisión desde hace cuatro años, y depende ahora de la voluntad de las bancadas”, dijo.

Los jefes de bloques Roberto Kestler, de la Unidad Nacional de la Esperanza; Gudy Rivera, del Partido Patriota, y Manuel Barquín, de la Gran Alianza Nacional, coincidieron en que analizarán la solicitud. Solo la diputada Nineth Montenegro se mostró a favor de la ratificación.

Tomado de www.prensalibre.com.gt

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Jóvenes piden mejores oportunidades y fin de la violencia

POR AGENCIA ACAN-EFE PRENSA LIBRE.COM

En el lanzamiento de la campaña “ser joven no es un delito” como parte del “Año Internacional de la Juventud” que se celebra mañana, varios grupos de hip hop y de breakdance, se presentaron hoy en la Plaza de la Constitución, frente al antiguo palacio de Gobierno.

Un dirigente del movimiento de jóvenes del Centro de Acción Legal para los Derechos Humanos (Caldh) , Abner Paredes, explicó que la campaña se realizará a través de la distribución de afiches, comunicados y calcomanías, para hacer consciencia sobre las necesidades de este sector.

La campaña, que se realizará en 100 de los 333 municipios que tiene Guatemala, están involucradas más de medio centenar de organizaciones que agrupan a los jóvenes.

Paredes manifestó que el objetivo es plantear a la sociedad “la diversidad juvenil, decirles que somos diferentes y que nos acepten tal como somos” .

“Nos dicen que somos culpables de la violencia, nos criminalizan pero no nos dan oportunidades de empleo ni educación, la situación de los derechos humanos de la juventud están mal en Guatemala”, sostuvo.

Sin precisar porcentaje, el dirigente señaló que hay pocos jóvenes con empleos, pese a que representan el 30 por ciento de los 14 millones de habitantes.

Un reciente estudio de Caldh estimó que 1,58 millones de jóvenes viven en la extrema pobreza y casi 400 mil están en pobreza.

Paredes dijo que para enfrentar la problemática juvenil, es necesaria una política integral que les de acceso a los servicios básicos.

En ese marco, anunció que mañana, el presidente de Guatemala, Álvaro Colom, y el Consejo Nacional de la Juventud, presentarán esa política que beneficiará a los jóvenes de este país centroamericano.

Según Paredes, esta es la segunda vez que Guatemala celebrará el “Año Internacional de la Juventud” .

Explicó que el 18 de diciembre de 2009, la ONU proclamó el “Año Internacional de la Juventud: diálogo y comprensión mutua” a partir de mañana, 12 de agosto de 2010, hasta el 12 de agosto de 2011, con el fin de incentivar a los jóvenes a participar en el desarrollo de su país.

Durante el acto cultural en la Plaza de la Constitución, los grupos de hip hop y breakdance “Trasciende” , “Revolución” , “Chapin Crew” y “Guate Graf” , deleitaron a varias decenas de personas, mientras exigían el fin de la violencia, que se ha cobrado la vida de más de 300 menores en lo que va de 2010.

Paredes anunció que el próximo fin de semana, siempre en el marco de la campaña por el “Año Internacional de la Juventud” , se celebrará la eliminatoria centroamericana de breakdance, denominada “batalla del año” .

Con la participación de jueces de Francia, Alemania, Colombia y Brasil, un grupo centroamericano buscará su clasificación para un campeonato mundial de ese tipo de baile que se realizará próximamente en Francia, puntualizó.

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