Fallo de la CC faculta a registrar número ilimitado de armas

Los guatemaltecos pueden registrar cuantas armas de fuego quieran, luego de haber gestionado sus licencias. Cada permiso ampara la inscripción de tres armas, pero el usuario puede optar a cuantos permisos desee, después de que la Corte de Constitucionalidad (CC) emitió una reserva interpretativa que dio luz verde a la División General de Armas y Municiones (Digecam) para extender más de una venia de portación de armamento.
La reserva fue emitida luego de que Édgar Stuardo Ralón Orellana interpuso un recurso de inconstitucionalidad en contra de la palabra “la” y la frase “hasta tres” contenida en el Artículo 72 de la Ley de Armas y Municiones. Tal párrafo establece que “los ciudadanos, para portar armas de fuego de las permitidas en la presente Ley, deben obtener previamente la licencia de portación. La licencia puede cubrir y amparar hasta tres armas diversas”.
El recurso de inconstitucionalidad también impugnaba el Artículo 146 de la misma norma, que hace mención al plazo vigencia de las tarjetas de licencia. Aunque la CC declaró sin lugar el recurso de inconstitucionalidad, emitió una reserva interpretativa la cual establece que “como efecto interpretativo de esta sentencia se deberá observar que la palabra “la” y la frase “hasta tres”, contenidas en el Artículo 72 de la ley cuestionada, no significa que después de registrar tres armas en el documento correspondiente, impida el derecho de llevar a cabo nuevos registros…”.
Marco Antonio Canteo, director del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales de Guatemala, criticó la disposición y afirmó que la misma permite la circulación exagerada de armas en el país y beneficia los distribuidores de armamento. “El fallo favorece un ambiente de criminalidad donde el 85 por ciento de los homicidios se comete con arma de fuego. La interpretación de la norma debe ser restrictiva”, destacó.

En contra y a favor

Carlos Maldonado, presidente de la Cámara Guatemalteca de Seguridad, aseguró que está de acuerdo con la disposición, porque el problema se genera cuando hay personas que tienen armas, pero no los documentos de permiso. “Siempre y cuando todo esté en regla, no veo inconveniente. No se puede prejuzgar el bueno o mal uso que los usuarios le puedan dar a su equipo”, destacó.

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Los efectos psicosociales de la revictimización

La revictimización hace referencia directamente a un sujeto puesto en una condición no libre ni voluntaria sino dada por el ejercicio de otro poder, que ejerce fuerza o presión. Se trata de un alguien que ha sido víctima, pero el prefijo re, nos dice de la característica de esa condición su repetición. Por lo tanto, la re-victimización es una palabra derivada que hace referencia a la experiencia que victimiza a una persona en dos o más momentos de su vida.

La revictimización es el conjunto de hechos o “el hecho en que un individuo sea víctima de violencia interpersonal en dos o más momentos de la vida. Ambas experiencias son separadas en el tiempo y realizadas por parte de al menos dos perpetradores diferentes. Es decir, se refiere a sufrir abuso físico o sexual por parte de un familiar durante la niñez y luego experimentarlo nuevamente durante la vida adulta, cuando el perpetrador es la pareja masculina” (1).

En el marco de la violencia sociopolítica, cuando se habla de perpetrador no necesariamente se habla de personas con nombres y apellidos sino de grupos o estructuras con un proyecto político, económico y social que se impone, se imprime o se construye con el uso de la fuerza. Se trata de la Fuerza Pública, organismos de seguridad del Estado, su estrategia regular e irregular denominada paramilitares, que en mayor medida protegen intereses de sectores del poder establecido o posibilitan su enriquecimiento. Y se trata también de las guerrillas, como grupo político disidente en armas que pretende sabotear y/o instaurar otro orden. En la guerra se pretende herir, capturar o matar al adversario, y más allá de los códigos entre los guerreros, la población es convertida en víctima. En Colombia, personas, también grupos humanos, han sido victimizadas por el Estado y tiempo después la misma estructura institucional o parainstitucional la revictimiza, aunque no sea el mismo autor material. Los ejercicios del poder violento para el aseguramiento de un estatus quo, hacen de la persecución bajo diversas técnicas uno de los medios privilegiados de sometimiento y exterminio, lo que hace posible la revictimización hasta el logro de objetivos estratégicos.

Otros autores hablan de la victimización secundaria para hacer referencia a la revictimización. En este sentido, ésta se deriva de las relaciones de la víctima con las instituciones sociales de servicios sociales, sanitarios, medios de comunicación, jurídicos, entre otros. (Soria, 2006) Sin embargo, en este caso aplicaría la definición de revictimización al tener en cuenta que si una persona ha sido víctima y posteriormente es maltratada por alguna institución porque se le niega información, no se le reconoce como una interlocutora válida, no se le escucha con el debido respeto y en otros casos estas mismas instituciones a las que acuden porque cumplen alguna función de protección, son las que les amenaza, les investiga, les persigue. En estos casos claramente se están evidenciando nuevos episodios de violación de derechos y por lo tanto de revictimización.

Desde esta definición más amplia que define sujetos institucionales como responsables de la re revictimización, se comprende en el marco de la violencia sociopolítica situaciones en que los procesos jurídicos revictimizan sometiendo a una persona a interrogatorios innecesarios que reviven la experiencia traumática o que indirectamente sugieren situaciones que atentan contra su dignidad, es el caso que enfrentan entre otras víctimas las mujeres abusadas sexualmente cuando se indaga en qué medida su comportamiento o actitud puede haber aportado a la violencia sexual. Otras situaciones que se pueden mencionar es el caso del uso de terceros como informantes y/o testigos para hacer falsas acusaciones sobre las víctimas. La falta de eficiencia en la administración de justicia y la permanente impunidad aumentan el sufrimiento de la mayoría de las víctimas.

De igual forma los medios de información masiva muchas veces operan como mediadores de los intereses de los victimarios, cuando no ellos, deliberadamente se convierten en máquinas de revictimización. Luego de decisiones de las Cortes, entre ellas internacionales, como por ejemplo, en el caso del asesinato de Manuel Cepeda Vargas o de fallos nacionales, como el de los familiares de los desaparecidos en la cafetería del Palacio de Justicia, familiares de las víctimas se han visto sometidos a graves señalamientos y acusaciones infundadas por sujetos procesales, el gobierno y por los generadores de opinión que argumentan con su libertad de opinión y expresión irrespetando en lo más profundo la dignidad y el bienestar de las víctimas.

Efectos Psicosociales de la revictimización

La revictimización genera impactos psicosociales porque remueven las situaciones traumáticas generadas por la violación de la dignidad y de derechos. No basta con mencionar los efectos de la revictimización sino el auscultar sobre las pretensiones y los actores que generan dicha revictimización. La revictimización genera condiciones que empeoran, que producen mayor vulneración de la situación de las víctimas, como es el caso de las víctimas de crímenes de Estado. Ellas siguen expuestas no solamente a la continuidad de violación de sus derechos sino de ser invisibilizadas, en medio de avances formales de democratización, continúan sometidas a técnicas y medios novedosos de persecución.

Cuando se hace referencia a las víctimas de crímenes de Estado en donde se niega la realidad del Estado como un victimario, las víctimas enfrentan una doble necesidad: ser reconocidas como víctimas y reclamar sus derechos al mismo tiempo.

Al reconocer como responsable de la violación de sus derechos a quienes han generado la violencia y a quienes mantienen el control social, esta situación les expone fácilmente a ser revictimizadas con la intención de debilitar, dominar y doblegar la voluntad de las personas para intentar hacerles desistir de sus procesos de exigibilidad de sus derechos y en el peor de los casos eliminar ya sea individual o comunitariamente a quienes no responden al propósito de dominación, a quienes no están de acuerdo con un modelo de sociedad y de economía. En Colombia este modelo social y económico permite solamente determinadas libertades de expresión, de oposición y de exigencia.

En este sentido, los medios masivos de información han generado una reacción en la sociedad en donde la estigmatización es el denominador común. Esto se expresa en afirmaciones justificadoras como: “por algo será”, “algo habrá hecho para que le sucediera lo que le sucedió”. Algunos autores han llamado a este efecto social de “consentimiento” la revictimización terciaria.

Este es el efecto logrado a través de los objetivos de la represión como parte de la guerra psicológica. Se pretende “construir, formar o modelar la opinión pública a través del lenguaje constituido por contenidos ideológicos, imágenes y asociaciones simbólicas, utilizadas con una intencionalidad, una orientación y un sentido preciso”(2) .

Hablar de los efectos psicosociales de la revictimización no es tarea fácil puesto que no hay estudios estructurados que den cuenta de dicha problemática y por la complejidad en si misma del fenómeno. No obstante, las mismas víctimas y organizaciones acompañantes desde su reconstrucción de la represión han ido identificando esos efectos.

Esos efectos ocultos, aparentemente invisibles, son parte de lo que se quiere lograr con la violencia. El miedo, el silencio, la parálisis, las afecciones en el modo de ocupar un espacio, son parte de las expresiones emocionales que afectan a la persona, al grupo humano y la sociedad.

Cuando una persona ha sido víctima se generan cambios en su vida personal, familiar, organizacional y/o comunitaria por la ruptura, por la lesión, por el trauma y los efectos que esto tiene depende de muchos factores. Pueden generar efectos psicosociales más duraderos deteriorando de manera importante la calidad de vida y en general el bienestar de las personas. Es posible que una persona todavía no haya alcanzado a través de un proceso adecuado la elaboración de sus duelos cuando es revictimizada, lo cual puede provocar un agravante para la salud física y emocional llevando incluso, en algunos casos extremos, a trastornos mentales.

Los factores que inciden en el impacto son los antecedentes individuales, familiares, organizativos, comunitarios, la personalidad de los individuos, las redes sociales con las que se cuenta, el nivel de estudios, las ideologías, las creencias que se tiene, la reacción de la sociedad, entre otros.

Sin embargo, ante la necesidad de tener en cuenta los factores mencionados, se ha encontrado que ante los hechos traumáticos las afectaciones emocionales en general se manifiestan a nivel de los sentimientos, a nivel físico, a nivel comportamental y de los pensamientos. En un alto porcentaje estas afectaciones no terminan en trastornos o enfermedades mentales puesto que hay otro elemento importante que hay que tener en cuenta y es la capacidad de resiliencia de las personas.

Manifestaciones emocionales de la revictimización

A nivel de los sentimientos normalmente se genera miedo, rabia, ansiedad, dificultad para centrar la atención, sensación de inseguridad, sensación de cansancio sin que una actividad física lo justifique, tristeza que dependiendo de la forma como se maneje o de la misma revictimización puede desembocar en depresión. Todas estas reacciones emocionales se pueden generar con una victimización y la revictimización hace que se remuevan dichas emociones experimentadas anteriormente y las actualice vivenciando de esta forma una nueva situación dolorosa que puede ser incluso traumática. Sentimientos que se presentan con mayor frecuencia son la rabia, la impotencia y la desesperanza.

Físicamente también se presentan algunas sintomatologías como consecuencia psicosomáticas que implican alteraciones a nivel físico producido por la psiquis pero que no precisamente se enmarcan dentro de una enfermedad específica, como es el caso de los trastornos somatomorfos en donde, según el DSM IV, dicho trastorno “es la presencia de síntomas físicos que sugieren una enfermedad médica y que no pueden explicarse completamente por la presencia de una enfermedad, por los efectos directos de una sustancia o por otro trastorno mental”(3) . Los síntomas psicosomáticos que más se presentan en las víctimas de la violencia sociopolítica son los dolores de cabeza o cefaleas, problemas de respiración como las asfixias, dolor en el pecho, diarrea, taquicardia, sudoración.

A nivel de la conducta o el comportamiento, se evidencia una posibilidad de extremos como el aislamiento o la extroversión y activismo, pueden presentarse dificultad para conciliar y mantener el sueño, así como las constantes pesadillas relacionadas con los hechos traumáticos, así mismo los estados de ánimo de tristeza y desesperanza pueden repercutir en movimientos lentos que denotan una gran carga emocional o una constante agresividad ante estímulos externos incluso irrelevantes (esto se presenta con una alta frecuencia en los niños y las niñas).

La esfera del pensamiento es también afectada en cuanto que los pensamientos repetitivos frente al hecho concreto de la violación pueden evidenciarse con una alta frecuencia en las víctimas. En ese sentido se puede presentar pesimismo, falta de ganas de vivir más, sentimientos de culpa y/ o de auto-reproches, pero pueden también presentarse pensamientos positivos a partir de la comprensión que la persona tiene de lo que le está sucediendo y de la conservación de su identidad.

Manifestaciones colectivas de la revictimización

De acuerdo a los grupos o colectivos a los que una persona pertenece o en general, de acuerdo a la cultura en la que se nace y se crece, una persona forma su identidad, que puede verse afectada por los hechos de violencia. Las identidades se van fraccionando con aseveraciones escuchadas en noticieros o programas radiales como “ciudadanos de bien”, lo cual implica que unas personas son buenas, dignas, merecedoras de vivir en sociedad y otras, que son indignas, indeseadas y que por dicha razón se termina justificando la estigmatización, la exclusión, el señalamiento, y hasta el asesinato.

Por estas razones, muchas personas no se atreven nuevamente a denunciar las violaciones de sus derechos, lo cual impide dimensionar de manera completa la violencia estatal, y la problemática del conflicto. Todo esto genera otro impacto en las familias, comunidades, grupos o en general en la sociedad y es la ruptura de la confianza en los seres humanos, lo que tiene implicaciones fuertes en la construcción de un modelo de sociedad justa, incluyente, equitativa.

Socialmente se ha venido estigmatizando a las víctimas con la manipulación psicológica a través de muchos medios, especialmente los de información masiva, pero también como consecuencia de no impartir justicia ante las violaciones dejando la sensación que ha sido justo lo que le ha pasado a la víctima y poco a poco invirtiendo valores éticos: la víctima se convierte en victimario, la mentira en verdad, el resultado justifica los medios, etc.

La imposibilidad del restablecimiento emocional, social y económicamente ante una revictimización agrava la salud física y mental; también es necesario tener en cuenta que la impunidad ante los crímenes y violaciones de derechos humanos es una forma continua de revictimización que tiene como consecuencia lógica la pérdida de credibilidad en las instituciones del Estado y en funcionarios del gobierno. En este sentido es contradictorio cuando esas mismas instancias reclaman a las victimas confianza y les responsabilizan por la falta de avances en las investigaciones de crímenes, dado su falta de colaboración con las autoridades.

Trascendiendo la mirada victimizante

La revictimización y sus efectos en el marco de la violencia sociopolítica no son una situación nueva. Las víctimas han estado expuestas a múltiples formas y veces de revictimización y aún continúan existiendo, exigiendo y construyendo país. Ese es el caso de muchas víctimas organizadas como las del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado – MOVICE, por poner un ejemplo e incluso otras víctimas que no se han organizado: pero a todos les mantiene en pie la esperanza de que algún día van a encontrar justicia por lo menos en su caso.

En el libro “La Resiliencia, Desvictimizar la víctima” (Cyrulnik, Manciaux, Sánchez, Colmenares, Balegno &, Olaya, 2002) se plantea: “Una inmensa fuerza humana trabaja en una gran diversidad de campos en Colombia para construir y dar solución a diferentes problemáticas, sin embargo en ocasiones no lo logra. De la misma manera existe una inmensa fuerza humana que se destina a trascender las desgracias, a sobrepasar las crisis, a sobreponerse al dolor de las heridas producidas por las actuales condiciones que el país atraviesa y continuar ejerciendo su soberanía obre la vida.” (pág. 27).

María Eugenia Colmenares citando a Boris Cyrulnik se refiere a la palabra resiliencia como “La resiliencia es más que resistir, es también aprender a vivir (…) antes del golpe uno estima que la vida nos es debida y la felicidad también (…) el hecho de haber vivido una situación extrema, de rondar la muerte y haberla destruido, hace nacer en el alma del niño herido un extraño sentimiento de vivir la prolongación de un plazo (…) la prueba, cuando uno la sobrepasa, cambia el gusto del mundo. Toda situación extrema en tanto que proceso de destrucción de la vida, encierra en forma paradójica un potencial de vida (…)”. (pág. 58)

La resiliencia entonces es la capacidad que tienen las personas de sobreponerse ante situaciones adversas integrándolas en sus vidas y haciendo de estas un escalón importante en la continuidad de su existencia. Este es un potencial que no evita los impactos psicosociales inmediatos de la revictimización, pero sí habla de los mecanismos de afrontamiento, que no hacen posible que la experiencia traumática desemboque directamente a un desequilibrio mental, como desde una comprensión simplista, reduccionista se podría interpretar.

Así, paradójicamente, la revictimización se enfrenta a un remanente existencial, a un sustrato de la sensibilidad, de la mente, de la voluntad que posibilita el afrontamiento, y la afirmación de la propia dignidad ante el propósito del victimario. Ese remanente está ahí como base de superación, de síntesis y de elaboración personal y colectiva frente a la repetición de hechos con los cuales se pretende negar la posibilidad de las exigencias de verdad, de justicia y de reparación, la discusión política, la deliberación y otro tipo de sueños y de sociedad democrática.

(1)Desai, Arias, Thompson & Basile, 2002. Childhood victimization and subsequent adult revictimization assessed in a nationally representative sample of women and men. Violence Vict.

(2)Girón, C. 2005. El olvido, la estigmatización y la exclusión de las víctimas de la violencia política: una forma de tortura psicológica promovida por los medios masivos de comunicación?, en Terre des hommes Italia. 2005 (Editores) Implicaciones de la tortura psicológica en contextos de violencia política, Bogotá: Editorial Códice Ltda).

(3)Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM IV. Masson,S.A., 1995

Por: Equipo Psicosocial Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

http://www.justiciaypazcolombia.com/Los-efectos-psicosociales-de-la

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Cuba: el país más seguro del mundo

Por Marcelo Colussi

A modo de introducción

Comencemos por decir que “el único paraíso… es el paraíso perdido”. O sea: la vida de los seres humanos, por lo menos hasta ahora en estos dos millones y medio de años que llevamos como especie desde que nuestros ancestros descendieron de los árboles, no ha sido precisamente un paraíso. Como van las cosas, nada autoriza a pensar que el paraíso está a la vuelta de la esquina.

Pero sin proponernos algo tan inalcanzable como “paraísos”, por el contrario buena parte de la población mundial –de la actualmente viva y de la que ya no está– tiene una experiencia más cercana a lo que podríamos decir “infierno”: la pobreza y la violencia, la pura sobrevivencia a los golpes con todo el rigor que ello implica, la guerra y los efectos de sociedades estructuradas en torno a la detentación del poder como eje fundamental –con todos los desastres que ello trae aparejado– son el pan nuestro de cada día de la mayor parte de la humanidad. Entre paraíso e infierno, la gran mayoría está por lejos más cerca del segundo.

Amén de la pobreza crónica con que muy buena parte de los humanos vive, la violencia en sus distintas formas es otra de las lacras que marcan nuestras vidas. Violencia, por cierto, que asume una muy amplia variedad de expresiones: pero las diferencias socioeconómicas irritantes –el 20% más rico del mundo dispone de 80 veces más recursos que el 20% más pobre, por ejemplo– ¿no son acaso una forma de violencia? En general, según los (discutibles) criterios dominantes, la violencia implica la agresión directa contra el otro, el ataque físico, el paso a la acción concreta. En ese sentido, la guerra por un lado, o la criminalidad, son sus modelos por excelencia.

Entran en esta última una serie amplia de elementos: el homicidio, el robo, el asalto, cualquier daño a la propiedad ajena, la violación sexual, el secuestro de personas, el tráfico de sustancias prohibidas. Existe cierta tendencia a identificar “violencia” con “criminalidad”, con lo que se invisibilizan/naturalizan otras formas de violencia: el autoritarismo, el machismo, el racismo, por ejemplo. Se mide así con sofisticadas tasas la criminalidad, pero no el racismo o la vanidad. ¿Se imaginan un “índice de vanidad”?, ¿y uno para medir la “soberbia”? ¿Y por qué no un “índice de irresponsabilidad medioambiental?” ¿Cuándo Naciones Unidas se va a atrever a medir la injusticia llamándola por su nombre y no con subterfugios tecnicistas?

Lo cierto es que la criminalidad –entendida como cualquier delito que contraviene la normal convivencia social– es algo instalado en la dinámica humana y que se liga, confundiéndose, con la inseguridad ciudadana. Ha existido desde siempre, en toda sociedad conocida, pero algo sucede en nuestra historia que en estos últimos años tiende a crecer.

En las últimas décadas la criminalidad ha sido un fenómeno en alza en prácticamente todas las regiones del planeta. De 1980 a 1997 las denuncias de actos criminales aumentaron en un 131% en el ámbito global, lo que equivale a una tasa promedio de crecimiento anual de casi el 8 por ciento. En vez de crecer la felicidad global, crece el crimen. ¿Qué está pasando?

En Latinoamérica (la segunda tasa mayor de homicidios anuales del mundo duplicando la que tenía en 1980) y en los llamados países en transición –es decir: eufemismo para mencionar aquellos que salieron del socialismo soviético de Europa– ese aumento coincide con la llamada “década perdida” por la falta de crecimiento económico para la primera, y con la transformación de una economía planificada a una de mercado en la segunda, lo que revela que el aumento de la criminalidad tiene entre sus causas el deterioro económico que se resintió por aquellos años en dichas regiones.

De la lucha de clases a la criminalidad desatada

Así entendida, la criminalidad constituye un problema político-cultural con infinidad de aristas. Es, entre otros, un problema de salud pública, y como tal, la epidemiología la estudia con preocupación. Para la Organización Mundial de la Salud un índice normal de criminalidad medida por muertes violentas intencionales se encuentra entre 0 y 5 homicidios por 100.000 habitantes en el período de un año. Cuando ese índice de homicidios se ubica entre 5 y 8 la situación se considera delicada, pero cuando excede de 8 nos hallamos frente a un cuadro de criminalidad “epidémica”.

En muy buena medida, lo que cuenta en estos fenómenos es la percepción que tienen las poblaciones al respecto. ¿Dónde se vive mejor: en Pekín (China) o en Zurich (Suiza), en Estocolmo (Suecia) o en una aldea del departamento de Totonicapán (Guatemala), en un monasterio budista del Tíbet (Nepal) o en ciudad de México, la ciudad más poblada y contaminada del mundo?

La respuesta a estas preguntas está más allá de los índices concretos, de los fríos números a que una ciencia social aséptica nos tiene acostumbrados. La calidad de vida de una población implica supuestos culturales, si se quiere: filosóficos. De eso se trata en definitiva: del proyecto en juego. Aunque el DF sea un infierno urbano, quizá para un poblador de una aldea rural pueda ser un sueño por todas las bondades que le ofrece en términos materiales, pero no para un habitante de Zurich acostumbrado a la calma y al orden. Sin dudas, la valoración de la calidad de vida es siempre relativa. En Estocolmo (Suecia), los índices de inseguridad ciudadana son bajos, de los más bajos del mundo, su “calidad de vida” está entre las más altas… pero ese país –donde se otorgan los premios Nobel, incluido el de la Paz (Henry Kissinger por ejemplo, o Barak Obama ¿son imbéciles los suecos?), y donde su primer ministro Olof Palme fue asesinado en la calle, como puede pasar en una “peligrosa” ciudad del Tercer Mundo– es uno de los grandes productores de armas. Y suecos son algunos de los grandes bancos que constituyen el Fondo Monetario Internacional, causantes, por ejemplo, del colapso financiero que vivieron años atrás países ex socialistas –“en transición”, para usar el vocabulario de moda– como Ucrania, Hungría y Letonia. Pero ningún sueco se percibe como violento. Por el contrario, esa población se siente primera defensora de la paz mundial. En un sentido lo es, sin dudas, y el ciudadano sueco común así lo percibe, pero la violencia está más allá de la pulcritud de sus calles y de la desaprobación del trabajo infantil que pueda tener en su constitución. (En Centroamérica, por cierto, alrededor del 2% del producto bruto de la región lo producen menores, es decir: el 25% del ingreso familiar urbano. ¿Quién tiene la “culpa”?)

En algunas comunidades mayas-quiché del departamento de Totonicapán –donde se encuentra la segunda reserva de pinabetes más grande del mundo– en la golpeada nación centroamericana de Guatemala (con 245.000 muertos en su reciente guerra interna), los actuales índices de criminalidad son tan bajos como los del mencionado país escandinavo, siendo que a nivel nacional toda Guatemala exhibe una tasa de homicidios de 45 por 100.000, una de las más altas de América Latina. ¿Dónde se vive mejor? ¿Será más feliz un totonicapaneco o un sueco?

Si en Argentina la ciudad de Santa María de los Buenos Aires –que de “buenos” parece no tienen mucho sus polucionados aires, una de las capitales más contaminadas del mundo– es, según una reciente medición, la ciudad latinoamericana con mejor calidad de vida, habrá que ver si los habitantes de las siempre crecientes villas miseria (las favelas, los precarios barrios urbano-marginales que ya se cuentan por millones) entraron también en la encuesta. En Buenos Aires, tan culta como París o tan bella como Roma (¿?), ¿se vive mejor que en esas aldeas de Totonicapán? Habrá que ver a quién se le pregunta, claro…

Por supuesto que hoy, en un mundo absolutamente globalizado desde los patrones eurocéntricos dominantes, los criterios para juzgar la realidad están ya establecidos: todo el planeta “entiende” las cosas con la lógica triunfante, la de la sociedad establecida desde el libre mercado que fija el Norte próspero. La paz y el respeto con el medio ambiente de un campesino de Totonicapán por supuesto no cuentan; la “calidad” de la vida está más cerca del número de vehículos de que se tiene que de la cantidad de árboles por ser humano con que se cuenta. ¿Se vive mejor en Zurich que en un monasterio tibetano? Difícil decirlo, sin dudas. Según el patrón dominante, sin dudas la ciudad suiza tiene la más alta calidad de vida del planeta. ¿Se necesita ser el banco del orbe para ello? Bueno, siendo así… no parece muy sólida ni sustentable la idea de “alta calidad de vida”, porque no todos podemos ser el banco del mundo. ¿Cuántos países en el planeta pueden autoproclamarse neutros? Y hoy por hoy estamos convencidos que usar todos los aparatos que la tecnología del capitalismo dominante ha generado nos hace más felices. No hay dudas que en todo esto hay debates abiertos, que el discurso hegemónico puede y debe ser puesto en entredicho.

Lo cierto es que la criminalidad crece, eso es inobjetable. Crece en todo el planeta, pero como decíamos más arriba, las regiones más deprimidas económicamente son las que han mostrado los índices de crecimiento más fabulosos. ¡Y la criminalidad con pobreza es agobiante! Uno de cada cuatro jóvenes latinoamericanos está fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo. De ahí, seguramente, es más fácil esperar problemas que soluciones. A propósito, señala una investigación de la Universidad Nacional de México sobre dicho país que “la base de apoyo social del narcotráfico comprende a más de 500.000 personas. Mientras no haya una política económica y social para reducir la pobreza será difícil revertir la situación” [de la inseguridad].

En tal sentido, la ola de inseguridad ciudadana que se va expandiendo por todos lados, constituye una marca de nuestro tiempo, del fin del siglo XX e inicios del nuevo milenio. Pero la percepción que acompaña ese fenómeno es la que cuenta: el país europeo donde se denuncian más robos de automóviles, de bicicletas, de allanamientos a viviendas y de robos contra la propiedad personal en general, es Suiza, lo cual no significa que sea donde más delitos de este tipo se cometen sino: 1) donde más se confía en los cuerpos de seguridad para denunciar los ilícitos y en los correspondientes sistemas de justicia que se encargan de arreglarlos, o 2) donde la idea de propiedad privada ha calado más hondo (Suiza… el banco del mundo, no podía ser de otra manera. Dijo Bertolt Brecht al respecto: “es delito robar un banco, pero más delito aún es fundarlo”). Mientras que la capital mexicana es el centro urbano con más cámaras públicas de vigilancia policial en América Latina, con alrededor de 12.000, contando al mismo tiempo con 82.000 agentes de policía, para ser el mayor grupo policial entre las ciudades latinoamericanas, no por todo ello la percepción de la capital azteca es de seguridad precisamente (es la ciudad del mundo con mayor número de secuestros per capita). Pero si hablamos de calidad de vida, México es la ciudad con mayor número de librerías de Latinoamérica. Cómo entender/medir eso de “¿dónde se vive mejor?”

Es decir que la inseguridad, en muy buena medida, va asociada a cómo se la percibe, al imaginario colectivo que de ella existe. Lo cual, en nuestros días, y siempre en forma acrecentada significa: la inseguridad ciudadana depende de cómo la construyen las agencias mediáticas, imprescindibles poderes constructores de la “realidad social” de hoy.

¿Es el democráticamente electo presidente venezolano Hugo Chávez un dictador sanguinario? Los dictadores no ganan elecciones democráticas una tras otras, por supuesto, con un pueblo que los ama, los endiosa incluso. Ni los musulmanes son unos “fanáticos fundamentalistas sedientos de sangre” (casualmente tanto en Venezuela como en buena parte de Oriente Medio, musulmán por definición, están las reservas petroleras más grandes del mundo), ni el narcotráfico ni la violencia urbana son el principal verdadero problema en Latinoamérica. Pero eso es lo que dicen incansablemente los medios comerciales, día a día, minuto a minuto. “El narcotráfico y otras formas de asociación que generan violencia social les ofrece la coartada perfecta a los Estados Unidos para tener una presencia constante en la región, presencia que es cada vez más militar, a tono con las políticas represivas y de mano dura que prevalecen”, analizaba agudamente Rafael Cuevas.

Lo que menos necesitamos en los sufridos países de América Latina es “mano dura”; pero eso es lo que a menudo prevalece como política pública para “combatir” la criminalidad. Esa visión apunta a un tratamiento básicamente policial de todo el problema, enfatizado medidas como el dar más facultades a la policía o a los cuerpos de seguridad –y en algunos casos a las fuerzas armadas– para tareas de orden interno (el “gatillo fácil”), permitir el encarcelamiento aún por infracciones menores para dar ejemplo de dureza (la llamada tolerancia cero), considerar delito los signos de pertenencia a pandillas, bajar la edad de encarcelamiento, acelerar los juicios por este tipo de delitos –pero no para juzgar a un empresario evasor de impuestos o a un funcionario público corrupto–, implantar castigos más severos, pedido de pena de muerte, criminalizar a la “juventud pobre”, y por extensión, a todas las zonas urbanas pobres. Ahora bien: estudios serios sobre los países del istmo centroamericano que han venido aplicando mano dura en estos años demuestran que las cifras de inseguridad ascendieron, y el número de miembros de las “maras” aumentó. Similar a lo que sucedió en Colombia con el tristemente célebre Plan Colombia (luego Plan Patriota): con una militarización extrema del país, la producción y tráfico de coca no disminuyó sino que, por el contrario, aumentó, y la sociedad colombiana en su conjunto no se pacificó sino que continúa siendo de las más violentas del orbe.

Abordar estos complejos problemas sociales no es tarea fácil, sin dudas; pero la versión policíaco-militar no soluciona nada. Eso ya está largamente demostrado.

Esta desatada inseguridad ciudadana (en Latinoamérica en particular, con tasas de las más altas del planeta) tiene costos para el conjunto de la sociedad, en términos de los sistemas de salud, seguridad y justicia. Se estima que el 14% del producto bruto de la región latinoamericana se pierde por la violencia, casi tres veces más que en los países del Norte donde las pérdidas por tal motivo son menores al 5% de su producto. Esas pérdidas superan ampliamente en muchos países de la región al total de su inversión en las áreas sociales. Junto a ello se hallan muchos otros costos difíciles de medir, pero muy concretos: los costos intangibles, costos invisibles aunque de gran efecto como la sensación de inseguridad, el miedo, el terror y el deterioro de la calidad de la vida cotidiana. En definitiva, podría abrirse la pregunta si en toda esta epidemia de violencia que nos envuelve no hay proyecto político, no hay direccionalidad.

Para salir rápidamente al paso de la acusación de “teoría complotista” que se podría estar filtrando en esta afirmación, es importante no perder de vista dos consideraciones:

1) Es difícil que haya un plan maquiavélicamente urdido que ponga en marcha cada “mara”, cada matanza de bandas rivales de narcotraficantes o cada teléfono celular robado que tiene lugar en cada esquina de estas castigadas sociedades. Pero hay un nivel en que se descubre una intencionalidad más macro tras todos estos fenómenos. Algo así como: “a río revuelto, ganancia de pescadores”. La ganancia, definitivamente, no es para las grandes masas populares. ¿Podemos creernos realmente que el problema de fondo de las empobrecidas sociedades de la región lo constituyen bandas de criminales, o ellas son sólo la punta visible de un iceberg infinitamente más grande? En todo caso, este auge de crimen tiene varios factores a la base: la pobreza y exclusión social como principal. Y políticamente, luego de las guerras sucias que se vivieron en la década de los 80 del pasado siglo y los planes neoliberales de achicamiento de los Estados nacionales, este clima de inseguridad perpetuo sirve a los poderes para seguir controlando a las grandes masas. A ello contribuye de manera armónica el llamativo auge también descontrolado de las nuevas iglesias evangélicas que saturan la región. Dicho en otros términos –y aunque esto lo quieran presentar como “pasado de moda” en el ámbito de las ciencias sociales–: para entender esta explosión de criminalidad y violencia hay que apelar al concepto de lucha de clases. Eso no ha desaparecido, aunque su formulación teórica está hoy invisibilizada. ¿Cómo entender estos complejos fenómenos político-sociales si no es a la luz de estas luchas a muerte en torno al poder? ¿O vamos a pensar que hay cada vez más “gente de mal corazón” que, por deporte, se dedica al hampa?

2) Una sociedad tan latinoamericana como todas las de la región (tomando ron y bailando música caribe “sabrosona”, lejos de la fisonomía de un país nórdico, que es lo que tenemos como modelo casi obligado de “seguridad”) no presenta en absoluto estos índices de criminalidad: Cuba.

Cuba: ¿dictadura o paraíso?

Nadie dijo que en la isla no haya expresiones de violencia ciudadana, incluso habiendo aumentado en los últimos tiempos, tal como han llegado a reconocer medios oficiales. Aunque en la prensa que ataca sistemáticamente a la revolución nunca se habla de ello, es un hecho incontestable que el grado de criminalidad en Cuba es inferior incluso al de los países que consideramos más seguros en el planeta, es decir: los escandinavos.

Retomamos aquí lo dicho más arriba: la realidad político-cultural es, cada vez más, lo que construyen los medios masivos de comunicación. Cuba tiene una tasa de homicidios anuales inferior a 5 por 100.000 personas, pero la prensa comercial jamás lo dice.

En Cuba hay infinidad de problemas, a no dudarlo (como los hay en todas partes, por cierto). Una vez más, entonces, la pregunta: ¿dónde se vive mejor? Vale recordar que en el Norte próspero y desarrollado se habla de “calidad de vida”; en el Sur, pobre y oprimido, en todo caso se habla de su posibilidad. Cuba, con enormes problemas estructurales, bloqueada, agredida continuamente, tiene una cantidad de índices de calidad de vida similar a los países llamados desarrollados (esos que manejan los bancos del mundo, deciden las guerras e imponen las modas que estamos obligados a seguir). El de la seguridad ciudadana es uno de ellos.

Por supuesto que hay hechos violentos, jóvenes agresivos, actos delictivos. De hecho, medios oficiales reconocen que la crisis económica en que se hundió el país desde principios de los 90 del siglo XX con el “período especial” ante el colapso soviético y las medidas que se implementaron para salir de ese atolladero, abrieron paso a manifestaciones de “individualismo, egoísmo, incivilidad, marginalismo y violencia cotidiana”. Pero las tasas de seguridad ciudadana siguen siendo bajas, muy bajas. Cuba es un lugar seguro.
Es muy importante destacar esto, porque hoy por hoy, producto de la manipulación mediática de la que nadie puede escapar, la “realidad” dominante del mundo, y no digamos de Latinoamérica, es la violencia desatada, la criminalidad que pareciera no dar respiro, el crimen organizado que se presenta como más poderoso que los mismos Estados. Ante ello es imprescindible hacer ver que allí hay mucho de falacia, pues un país como Cuba, sin “tolerancia cero” ni “mano dura” contra el crimen, presenta un clima de seguridad del que está a años luz cualquier país vecino de la región (con índices de homicidios de 50 por 100.000 habitantes en más de un caso).

En la isla no hay evidencias de la existencia de pandillas juveniles, las temibles “maras” que llegan al colmo de paralizar todo un país, como recientemente ocurriera en Honduras, u obligaron a militarizar las favelas de Río de Janeiro en el 2007, paralizando prácticamente toda la ciudad, ni hay una “crónica roja” que hace festín –y buen negocio– con el sensacionalismo de la nota sangrienta, amarillista, pues si un delito toma estado público y llega a los diarios, la nota se redacta con una prosa didáctica como parte de una política preventiva. El consumo de drogas prohibidas es sumamente bajo (ése es un verdadero problema de salud pública, por tanto político nacional, que hay que atacar con inteligencia, y no cayendo sobre el campesino de los países productores al que se le queman sembradíos). Si se quiere atacar realmente la cadena de distribución y el tráfico de las sustancias prohibidas, toda la parafernalia militarista con que los poderes “persiguen” mafiosos en los países de la región no parece estar dando resultado (¿curiosamente?). Al menos, no termina con el negocio… a no ser que el resultado buscado no sea ése precisamente, sino controlar sociedades.

Cuba, hay que decirlo, no está “en manos del narcotráfico”, como sucede en tantos Estados “descertificados” por la Casa Blanca (¿cuándo la Organización Mundial de la Salud “descertificó” de la lista de “países saludables” a Estados Unidos por principal nación del mundo en presencia de tóxico-dependientes?) Ante un caso sonado de narcotráfico La Habana efectivamente sí actuó y se detuvo el delito, fusilando al principal responsable, el general Arnaldo Ochoa en 1989. De hecho no hay tráfico de drogas ilegales en la isla, por tanto bandas que se ocupen del negocio. Ni por tanto –¿será lo que se espera finalmente?– planes militares tipo Colombia ni Mérida para enfrentar ese “apocalipsis”.

Cuba está llena de problemas, de contradicciones; si queremos ser más duros incluso: de mezquindades y flaquezas. Pero si la imposibilidad de caminar tranquilas (sin violación sexual a la vista) y tranquilos por la calle es el gran déficit de las sociedades actuales –de las de América Latina en especial, pero no sólo, pues el fenómeno va expandiéndose en forma global–, si andar de noche pasó a ser un drama de proporciones gigantescas dada la inseguridad reinante, si en cualquier esquina nos pueden asaltar o sabemos que no tenemos que entrar en “zonas rojas” (rojas, no por socialistas…, valga la aclaración) porque una mara ya no nos dejará salir en paz, si gastamos tantos recursos en seguridad (alambradas, policías privadas, sistemas de alarma, cárceles de máxima seguridad, vehículos blindados, guardaespaldas, telecámaras y perros guardianes, etc., etc., etc.), si todo eso es el principal problema de nuestros días, la “dictadura” cubana no lo presenta. Una dictadura que cuida a su gente… ¡Vaya dictadura!, ¿no? Y decir que la gente quiere huir de la dictadura no es buen argumento, porque de todos los países latinoamericanos su empobrecida población sigue huyendo a diario hacia el ¿paraíso? del norte, pese a que en el camino se encuentre con una matanza como la reciente de Tamaulipas, en el límite de México con el american dream.

Cuba no será un paraíso seguramente, pero al menos está más lejos del infierno que todos los otros países hermanos de la región. Sus índices de criminalidad lo dicen.

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“La muerte es segura, la vida no”

marcela gereda

No importa hacia dónde uno mire. Cualquier esquina de este país está desbordada de historias de dolor. A las seis en punto de la tarde la “tacita de plata” quedó apuntada en la carretera hacia el infierno. Entregada a un territorio sin ley, ni Dios. Sin pasado y sin visión de futuro. Atada a promesas falsas. Hincada ante la brutalidad de las masacres, desapariciones, extorsiones, asesinatos, decapitaciones, secuestros y demás hechos innombrables.

Es un hecho innegable que hoy en Guatemala muchos jóvenes no llegan a cumplir muchas veces ni siquiera los15 años. Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a que aquí los padres entierran a sus hijos. La violencia la tenemos tan normalizada. Institucionalizada. Nos atraviesa a todos.
Cada día se ve gente asesinada por las calles. Los hemos integrado a nuestro paisaje cotidiano. Se han convertido en la curiosidad de esquinas y calles. En vez de poner un “hasta aquí”, a la chapinada le da por cercar al muerto. Curiosear.

Cotillas que somos. Sin capacidad de acción. Inermes ante la muerte y la desesperanza de vivir en una ciudad ya sin nombre ni esperanza.

Esta es una colonia llamada Carolingia, ubicada en la zona 7 de Mixco; aparece como metáfora de muchos otros lugares marginales donde la vida vale poco o nada.

Como otros, este es un barrio marcado por la incertidumbre que significa ser joven en un tiempo como este, en un país como este.

¿Qué oportunidades tienen los jóvenes de estos barrios marcados por una violencia desmedida y demencial?, ¿cuáles son sus posibilidades de desarrollo personal al estar insertos en procesos sin historia, sin futuro, aislados de cualquier proyecto económico e inscritos en la lógica de la violencia: “vivir para matar”; padeciendo cada día eso que ellos mismos repiten desde su condición marginal: “la muerte es segura, la vida no”.

Su sueño era ser maestra y dar a los niños lo que ella no tuvo: una vida segura, cariño y protección. Karin gastaba su tiempo regalando flores y le quedaba poco para cumplir los 15. Su escritorio estaba lleno de signos y símbolos de la Mara 18, ella no tenía “tinta”, es decir, no estaba tatuada. Cuando decidió abandonar la pandilla para poder ser maestra, su futuro ya estaba determinado por un novio posesivo y controlador que al sentir su retiro de la pandilla como una traición, decidió entonces acabar con la vida de la mujer que decía amar.

¿Qué representa en nuestro imaginario colectivo acabar con la vida de una persona por “traicionar” lo que hace daño y causa muerte?, ¿por qué en los colegios no se enseña a ser y actuar fuera de la lógica del machismo y las relaciones patriarcales?, ¿por qué las vidas valen tan poco?

Con todo y la necesidad de dotar a los barrios marginales de esta ciudad de humanismo y posibilidad de futuro, desde la Municipalidad capitalina se sigue insistiendo en hacer proyectos de maquillaje y falsa estética de la ciudad. Aplaudo el esfuerzo que se realiza en el edificio de Correos con las clases de danza, música y arte para niños. Esto nos da pistas de por dónde hay que ir.

No habrá paz en Guatemala hasta que no haya igualdad. Hasta que no nos miremos los unos en los otros. Hasta que no conozcamos nuestra historia y le demos el lugar que se merece. Hasta que no podamos tener una memoria colectiva de los hechos que han azotado a este suelo apaleado y huérfano. Hasta que no haya espacios verdes en los que la gente se pueda recrear, donde puedan salirse de sus rutinas. Espacios donde puedan imaginar futuros y horizontes diferentes.

Karin quiso ser maestra. Su sueño quedó truncado como el de muchos chavos; chavos que tienen algo que decirle al país. Pero nosotros parecemos estar ciegos, sin capacidad de escucha.

El “Gobierno de la Solidaridad” tenía un compromiso y acuerdo con los jóvenes. No hizo nada. Les dejó morirse como moscas. No hay salida: o el Gobierno le empieza asignar presupuesto a las políticas de prevención de violencia juvenil o este país no será nada más que un cementerio clandestino, un asqueroso matadero en el que la vida se hace en la piojera de un perro sarnoso.

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¿Has visto un muerto?

Marta Sandoval msandoval@elperiodico.com.gt

“La sangre le salía por aquí”, explica María, mientras se toca la yugular, “sí, cuando les dan ahí sale la sangre como en chorrito”, interrumpe Daniela, y los demás asienten con la cabeza, casi todos saben cómo sale la sangre por un agujero de bala, cómo se va derramando la vida poco a poco, hasta extinguirse. Lo saben porque lo han visto y no en la televisión.

“Cuando les puyan la panza luego se les mancha toda la ropa, yo una vez vi uno que llevaba una camisa blanca y en un ratito ya era roja”, comenta Carlos mientras lanza una pelota contra el suelo. La conversación tiene lugar en un aula de 5to. primaria de la escuela Niñas Guías de Noruega, en Mixco, y quienes conversan no tienen más de 11 años. Son niños.

Niños que viven demasiado cerca de la muerte, que ya saben a qué huele, y a quienes ya no se les eriza la piel cuando, en su paso hacia clases, encuentran un corro de gente viendo un cadáver. Lejos de asustarse, se abren paso entre los curiosos, y descubren un espectáculo que otros niños sólo verían en el cine.
Visité varias escuelas en áreas rojas para preguntarles a los niños qué sentían ante la violencia. Antes de cuestionarlos, les aseguré que no pretendía investigar ningún crimen y que no debían decirme si conocían a los victimarios, que mi intención no era hallar culpables, sino saber cómo crecían los niños en la Guatemala del año 2010. De 170 niños cuestionados 134 dijeron que sí, que habían visto un muerto y no sólo uno, varios, y lo que asusta más: habían presenciado sus muertes. En las escuelas primarias de la colonia Carolingia, el Milagro y la aldea Sacoj, casi todos los alumnos tienen una historia de violencia qué contar.
¿Qué pasa con estos niños?, ¿cuáles son los daños psicológicos que sufren?, ¿qué va a pasar con ellos en el futuro?
“La exposición a la violencia, por el medio que sea, tiene un impacto en salud mental y en la conducta de las personas en general, pero particularmente en los niños”, explica Marco Garavito, de la Liga por la Higiene Mental. “Ese es un hecho que no necesita investigarse, está suficientemente evidenciado”.
“En la medida en que uno se acostumbra a la violencia, la reproduce. Llegan a considerar que es algo normal, algo natural. Es tan común que se va entendiendo que es parte de la naturaleza humana y de la vida y entonces hay un proceso de reproducción de la violencia. Creo que eso queda completamente claro al ver cómo el ejercicio de la violencia se ha multiplicado en este país. Y atrás de ese acostumbrarse se va gestando un proceso de deshumanización”, comenta Garavito. En marzo de 2009, un grupo de menores recluidos en el correccional Los gorriones, asesinó a su profesor de inglés. Le arrancaron el corazón y después bailaron. Es evidente que estaban completamente deshumanizados.

Tras la cinta amarilla

Han asesinado a un taxista. Su cuerpo quedó tendido en la calle a unos pasos de su vehículo. La Policía ya acordonó la zona con una cinta amarilla que dice “escena del crimen”. La gente se agrupa alrededor, la detiene ese pedazo de plástico, pero hay dos niños pequeños que pasan perfectamente por debajo, la cinta no les impide acercarse. Y no dudan en entrar y agacharse para ver bajo la lona que le lanzaron con descuido al cuerpo. La escena es “normal”, siempre que hay un muerto hay niños curiosos cerca.
Les pregunté a los niños qué hacían cuando veían que había un muerto en la calle. La mayoría, 129 niños, dijo que se acercaban a verlo. ¿Por qué se acercan?, cuestioné, y una niña saltó a darme la respuesta: “para ver que no sea mi papá”.

Los demás estuvieron de acuerdo, su principal intención es cerciorarse de que el fallecido no sea uno de sus padres o sus hermanos. Porque ellos ya saben que el próximo puede ser cualquiera, incluyendo a las personas que más aman.
“Llega la Policía y pone el cordón amarillo para proteger la escena de crimen, pero no para proteger al ciudadano”, lamenta Garavito. “El cordón lo ponen a metro y medio del cadáver, ¿por qué no a 30 metros?, porque no tienen la concepción de proteger a las personas. Hay mecanismos tan simples que se pueden usar para no verse tan expuesto al tema de la violencia”, agrega. En Londres, por ejemplo, la Policía clausura la cuadra entera donde se cometió el crimen, de modo que nadie, por más que alargue el cuello, podrá ver el cadáver. Sólo pasan los familiares o los detectives. ¿Se hace tráfico? Sí, seguro, pero nadie va a sufrir un trauma  por pasar unas horas en un atolladero de carros. Por ver un cadáver, puede que sí.
“Los patojos que están tras el cordón amarillo viendo el muerto, se han deshumanizado y eso va a traerles consecuencias”, explica Garavito.
Una de las maestras suelta en llanto mientras habla del miedo con que viven sus alumnos. Está preocupada porque teme que los pequeños que hoy están en su clase, mañana le pidan la extorsión. “¿Qué vamos a hacer para salvar a nuestros niños?”, pregunta mientras busca en su bolsillo un pañuelo, ¿qué vamos a hacer? Repite y no encuentra la respuesta.
“Hay que entender que el fenómeno de la violencia sólo se va resolver generacionalmente”, piensa Garavito. “Aquí no es porque venga un político que diga que en cien días acabó la violencia, o el 14 a las 14. Hay que tener la concepción de que el tema es generacional y hay que hacer una gran inversión en las nuevas generaciones porque es ahí donde se puede romper el ciclo”. La Liga Guatemalteca de Higiene Mental ha desarrollado varias campañas con niños para sensibilizarlos ante la violencia. Bajo el lema “nadie nace violento” les han hecho ver a los menores que la violencia es una elección y no una obligación.
Cuando se les pregunta a los niños si la violencia es normal, la clase de quinto primaria responde a coro que sí. “Es normal porque pasa todos los días”, dicen un niño y ninguno de sus compañeros les objeta. Se quedan un rato en silencio hasta que una niña, tímida al final del salón levanta la mano. Le cuesta hablar y evade las miradas de sus compañeros, por fin suelta: “que sea normal no quiere decir que sea bueno”. Un profundo silencio invade la clase, se han quedado pensándolo.
Pero no sólo los niños que viven en zona roja están en riesgo. “Todos los niños en nuestro país están expuestos a vivir la violencia” comenta Sara Pereira, psicóloga especialista en niños, “desde los medios de comunicación que lo muestran, hasta los comentarios que escuchan en su círculo, que si a alguien le robaron el celular, que si mataron a alguien. Eso hace que el efecto traumático aumente en nuestra población. Yo he recibido muchos casos de niños con efectos traumáticos porque a sus papás los han asaltado o porque algún familiar ha sido afectado. El niño puede llegar a sentir mucha ansiedad y mucha angustia al percibir que la violencia se puede acercar a su familia. Eso va generando muchísimos temores y puede presentar síntomas como pesadillas, bajo rendimiento escolar o decaimiento”. Pereira recuerda un caso que atendió, un pequeño que presenció cómo en un semáforo un hombre en moto le ponía una pistola en la sien a su padre. El asaltante se fue luego de que le entregaran el teléfono celular, pero el niño no pudo dormir bien por mucho tiempo. Apenas se recuperaba cuando asesinaron a un hombre en el centro comercial donde paseaba con su familia.

La familia, único escape

Como la abuela estaba de visita en casa decidieron ir a comprar un pastel. Lady se emocionó con la idea, buscó un suéter y salió acompañada de su tía, su abuela y su hermano menor, rumbo a la pastelería. Compraron un pastel de chocolate y volvieron a casa contando chistes.
De regreso vieron a un hombre bebiendo atol, estaba sentado en la acera, con la espalda recostada en la pared y las piernas extendidas, impidiéndoles el paso. “Debe estar bolo”, les dijo la abuela y decidieron pasar por delante. Fue justo en ese instante cuando una moto aceleró, no la vieron venir, sólo sintieron el sonido de las balas taladrando sus oídos. La abuela le dio un empujón a Lady que rodó calle abajo, y la tía se lanzó encima del niño. Fueron segundos de confusión, el hombre que estaba tomando el atol terminó baleado. La abuela tenía sangre en el brazo, y la tía en un hombro. Las habían rozado las balas. Cuando Lady se levantó, vio el pastel de chocolate destrozado en el pavimento. Su abuela le gritó que levantara a su hermano y corriera a casa. Llegó empapada en llanto a pedirle a su papá que llamara una ambulancia.

No entendía cómo un momento de alegría con la familia terminó tan mal.
Desde entonces Lady no puede dormir bien. Se despierta por las noches y siente su cabeza hervir. Despierta a su madre y le dice que tiene miedo, la mamá sólo la abraza, es lo único que puede hacer. A sus nueve años Lady tiene miedo de salir de casa, de que su mamá salga y de que su padre vaya a trabajar. Su abuela y su tía están bien, fue un susto, pero Lady no deja de pensar en que estuvieron muy cerca de la muerte.
“Los niños en Guatemala perciben la muerte como un evento traumático que depende de otros, que no depende ni de la naturaleza ni de la vida, sino de otros”, explica el psiquiatra Rodolfo Kepfer. “Eso crea una cultura de tanatofobia, que maneja una fobia a la muerte. Se crea la idea de que la muerte está por todos lados, pero que yo también la puedo contrarrestar con medios violentos. Primero lo hacen por medio de la fantasía o de los juegos violentos. Pero un infante de 7 u 8 años, que empieza a despertar tendencias agresivas, las experimenta como algo que sólo puede manejarse con la muerte”, agrega.
Muchos de los niños entrevistados contaron que la muerte les daba miedo, que oír disparos les producía terror. Y ese miedo se puede contrarrestar al sentir que son ellos quienes deciden quién muere, el miedo también se puede enfrentar empuñando una pistola y ese es un riesgo muy grande para la sociedad. Garavito recuerda a una madre confesarle que fue ella misma la que aconsejó a su hijo para que se metiera en una mara, el miedo de que lo mataran la impulsó a hacerlo. “Yo no lo podía encerrar bajo llave y si no se metía a la mara me lo iban a matar”, se justificó.
Lady estudia en una escuela de la colonia El Milagro y no es la única de su clase que sufrió un evento traumático antes de cumplir los diez años. “Yo no tengo miedo cuando miro un muerto porque ya he visto muchos”, dice uno de sus compañeros, “yo una vez vi un descuartizado” dice otro de los alumnos y los demás se ríen; él se lo toma a la ligera.
“Los primeros muertos o hechos de violencia le van a impactar, pero uno no puede vivir permanentemente impactado porque se enfermaría, por eso se crea un mecanismo de defensa que es el acostumbramiento”, explica Garavito. “Hay una anestesia emocional, nos acostumbramos a vivir en esa situación de violencia donde ya no nos afectan muchas cosas que pasan. Los niños también se van acostumbrando y es peligroso que crean que eso es normal. Por eso es importante hacerle ver a nuestros hijos que esto no es normal, que no es sano y que va en contra de la naturaleza humana”, aconseja Sara Pereira.
En la escuela Niñas Guías de Noruega, muchos de los alumnos recuerdan un trágico día de feria. Uno de ellos, un pequeño morenito y regordete relata que estaba arriba de la noria y desde allí logró ver todo lo que pasaba, como lo hubiera visto un pájaro. Tres sujetos entraron con la pistola en la mano y dieron con el hombre que buscaban. La víctima llevaba a uno de sus hijos en brazos y cuando los vio sólo atinó a lanzar lejos al pequeño, para que no recibiera las balas. Abajo estaba Laura con sus papás, haciendo cola para subir a los carros chocones; cuando sonó la primera bala la mamá empujó a Laura bajo una tarima y desde allí lo vieron todo. Los demás niños cuentan que llegaron cuando ya el hombre estaba en el suelo, justo para ver a los hijos y a la esposa ahogarse en llanto.
En las demás escuelas sucede más o menos lo mismo. Niños que se aglutinan a describir cómo quedó un cadáver, o los balazos que sonaron anoche. Me acompaña la supervisora del Ministerio de Educación, y me advierte que llegaremos a Sacoj Chiquito, una aldea en jurisdicción de Mixco, “aquí es lo más duro, lo más violento”, confiesa, me cuentan que en lo que va del año ya han asesinado a tres de los alumnos, uno de ellos de tercero primaria.
Llegamos a una escuela ubicada en una pequeña colina. Personajes de Disney decoran las paredes y una cancha de baloncesto sirve también como patio de recreo. Subimos al aula de cuarto primaria, donde uno de los pupitres está vacío:

hace 20 días mataron al alumno que lo ocupaba. Los niños están tranquilos, leyendo en perfecto orden. Les explico quién soy y por qué estoy allí y luego lanzo la pregunta. ¿Alguna vez han visto un muerto? No responden. Nadie quiere hablar.
“A más violencia más inhibición. A más violencia más angustia interiorizada. A más violencia más shock y silencio”, dice Kepfer. “Lo que no se habla se vuelve síntoma”, comenta Garavito.
¿Cómo va a sobrevivir una sociedad si sus niños están totalmente expuestos a la violencia? “En lugares donde ha habido guerras, bombardeos y gran cantidad de muertos, no podemos decir que a lo largo de los años no han progresado. Han generado mecanismos para hacerlo”, explica Kepfer. “En Inglaterra durante la guerra se demostró que los niños que estaban con sus familias soportaban mejor los traumatismos y se enfermaban menos, mientras que los que eran separados se enfermaban más emocionalmente”.
“Un niño que tenga una familia unida y con valores va a replicar mucho menos la violencia que vea afuera”, comenta Pereira. “Si el niño crece en una familia donde no lo cuidan y no lo respetan, donde hay violencia, o donde los hijos crecen solos a merced de los amigos, obviamente están en alto riesgo de caer en conductas delincuenciales”.
La única salida es la familia. Si la familia no comparte los esquemas de violencia habrá esperanza, pero si los hermanos o los padres también delinquen, el riesgo es demasiado alto. “Los niños aprenden los valores en la casa y es allí donde deben aprender el respeto por la vida. La violencia que ven fuera podría ser una fuente de aprendizaje para los hijos, si los papás lo aprovechan para mostrarles que esas son cosas que están fuera de los valores de su familia”, comenta Pereira.
“Lo que determina a una sociedad, el pronóstico de estabilidad o de perjuicio, va a ser cómo la sociedad va restituyendo los duelos, los va reparando. Lamentablemente aquí ya tenemos una mala experiencia. De la firma de la paz para acá no hemos superado el duelo, no lo hemos enfrentado”, opina Kepfer.
A Lady le da mucho miedo que la próxima vez que haya una balacera su abuela se muera, o que un hombre apuñale a su padre para hacerse con su celular. Pero tiene que ser fuerte y aguantar. Tratar de no pensar en eso y levantarse por la mañana para ir a la escuela contenta, eso sí, nunca se olvida de vigilar bien el camino, de cerciorarse de que nadie la sigue, de que no haya motos cerca, de que los mareros no estén en la calle. Cuando llega a clases ya está exhausta.

Demasiadas tribulaciones para una niña de nueve años. La pregunta de la maestra me ronda por la cabeza sin parar, “¿qué vamos a hacer para salvar a nuestros niños?”.

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